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Una odisea del espacio, o casi

Una odisea del espacio, o casi

Cristopher Nolan disfruta siendo moderno. Todo lo que hace el director a lo largo del día son esfuerzos en ese sentido, y no se acuesta hasta que no ha logrado crear alguna modernidad. Nolan se dio a conocer en los años noventa con “Memento”, una película temporalmente invertida. La escena con la que empezaba “Memento” era (en sentido cronológico) el final de la historia y la última escena era el principio. El público flipó con aquella película rara que iba al revés.

De hecho Nolan es tan moderno que la modernidad le sale sin querer. Por eso su nueva película, que sucede en la Grecia clásica, respira un aire futurista, como si de un momento a otro el Halcón Milenario pudiera salir volando de las puertas de Troya. Precisamente su versión de “La odisea” empieza justo allí, en Troya. En una larga panorámica vemos al famoso caballo de Troya en la playa y, junto a él, al soldado Sinón. Al parecer el soldado Sinón fue el encargado de engatusar a los troyanos para que aceptaran el caballo como ofrenda. El soldado Sinón ha dado de qué hablar porque lo interpreta Elliot Page, un actor que ha cambiado de sexo. Un asunto menor teniendo en cuenta el pedazo de caballo que tiene al lado. Hasta hoy los caballos de Troya eran un apaño hecho deprisa y corriendo, pero el de Nolan es tan perfecto que ni parece de madera. Se conoce que lo ha construido un discípulo de Praxíteles.

“La odisea” de Nolan es muy entretenida, pero no hay forma de lograr que aquel espectáculo resulte antiguo y ancestral. Un diseño de producción digno de la escudería Lamborghini nos recuerda constantemente que el director detrás de “La Odisea” es el mismo que el de “Interstellar”. El caballo de Troya no es el único exceso formal. Por cierto, que al caballo no le han puesto ruedas y lo tienen que arrastrar a peso por la arena. Más exagerado que el caballo es el personaje del rey Agamenón, cuyo flamante yelmo rivaliza con los cascos de Daft Punk. Con Agamenón a Nolan se le ha ido la mano. No habla. No se mueve. No se inmuta. Es un Darth Vader mediterráneo.

Luego está el gigante Polifemo que, en la tradición clásica, cuidaba ovejas. Se le suele describir con aspecto de pastor, ataviado con pelliza y zurrón. Pero el Polifemo de Nolan huye del tópico, va en pelotas y ya tiene una edad, como un jubilado nudista en una playa de Ibiza. Un poco raro. Más que miedo da la misma grima que daría un turista sexual en Tailandia.


 Pero quiénes somos nosotros para criticar este tipo de sofisticación. A buen seguro que Cleopatra (la real) no era tan guapa como Elisabeth Taylor. En fin, así funcionan las modas y la ficción ideal en la historia del cine. De acuerdo, aceptamos las licencias estéticas de la película, pero no podemos admitir que nuestro héroe diga: «volveré a Ítaca cuando Telémaco sea mayor de edad». ¿Mayor de edad? ¿Qué sentido tiene ese concepto en el siglo XII antes de Cristo? Solo faltaba que añadiera: «volveré cuando Telémaco tenga carnet de conducir». Creo que el poema homérico decía algo así: «volveré cuando la pelusa asome en la barbilla de nuestro hijo».

Cristopher Nolan quiere que su película sea más griega que el yogur, por eso a su héroe no lo llama Ulises (nombre en versión romana) sino Odiseo. Que tú gritas Odiseo en una calle de Mykonos y no se gira nadie. Un nombre tan poco habitual como feo de pronunciar. La esencia de Grecia empieza y termina en ese detalle, porque Nolan ha hecho la película menos griega del mundo.
 
 Porque lo más griego de la mitología griega es la pertinaz intervención de los dioses en los asuntos terrenales. Los dioses andan todo el día poniendo a prueba la frágil voluntad humana. Los dioses griegos son juguetones, veleidosos y despiadados. Desgraciadamente en «La odisea» de Nolan esa omnipotencia divina ha desaparecido.


 Intuyo que Nolan elimina a los dioses porque quiere evitar el tono naif del Hollywood clásico, donde era habitual presentar a los dioses griegos como niños grandes, un poco ridículos. Para no caer en esa ingenuidad, Nolan se pone solemne y consigue una película oscura que recuerda mucho a su saga de Batman. Un tono que busca la trascendencia, pero no a la manera del «pathos» griego, luminoso y amoral, sino a través de emociones católicas un poco tristes, como la culpa y el remordimiento. Nuestro héroe es el primero de toda la historia de la mitología que necesita un abrazo. No lo está llevando bien.


 Hay cosas buenas en «La Odisea» cuando se puede ver, es decir: cuando hay luz, o como mínimo una antorcha encendida. Por ejemplo, es muy relajante que la película no vaya marcha atrás. Algo que es de agradecer tratándose del director de «Memento». También son muy disfrutables las apabullantes escenas de Troya en llamas. No quiero terminar sin otro detalle de diseño loco (hay muchos): ese Tiresias que parece un paso de cebra.

Perico Gual

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