A fuerza de ver películas el gusto se va perfeccionando y un espectador normal, sin darse mucha cuenta, se convierte en cinéfilo cuando es capaz de reconocer épocas, estilos y directores. Pero hasta el más cinéfilo tiene preferencias y es incapaz de que le gusten todas las películas por igual. La experiencia tiene la mala costumbre de reforzar las simpatías, pero también las antipatías. Quien más quien menos tiene sus películas favoritas pero también aquellas que no soporta y no hay remedio contra los caprichos de la subjetividad. De hecho el paso del tiempo no hace más que reforzar esta ojeriza selectiva.
Una aversión personal: Wes Anderson
A mí me ocurre con Wes Anderson. No lo aguanto. El aura de modernidad de sus películas me pone de los nervios. Todo lo que rodea a este director lo relaciono con cosas que me irritan. Mi primer recuerdo se remonta a una amiga de universidad que era fanática del director. Era una chica esforzadamente intelectual y para demostrarlo siempre llevaba libros bajo el brazo. Con ella fui a ver «Life Aquatic» y aquel día (no se me olvidará) entró en el cine cargada con poemas de Baudelaire y una novela de Bukowski. Me dijo que los acababa de comprar.
Un estilo reconocible y recargado
Wes Anderson me recuerda a los que visitan museos y se quedan extasiados ante una obra de arte. Wes Anderson me recuerda a las personas que son capaces de mantener largas charlas sobre arquitectos famosos. Wes Anderson me recuerda a los que van en bici y defienden una ciudad libre de polución. Los mismos que horas después introducen sus bicis en los maleteros de coches enormes. Wes Anderson me recuerda a los que compran queso francés y vinilos de colección. Wes Anderson me recuerda a los que escuchan a Leonard Cohen y tienen un poster de la escuela Bauhaus presidiendo el salón.
En resumen: no aguanto la impostura intelectual que rodea a Wes Anderson. Wes Anderson puede presumir de tener una de las estéticas más reconocibles del cine actual. Decorados teatrales, casi operísticos. Personajes hieráticos, vacíos de emoción. Diálogos recargados y más fríos que un informe de contabilidad. Un ritmo donde lo inmóvil se impone a lo cinético. Un gusto por la estética vintage y sobre todo una puesta en escena inconfundible: plana, sin profundidad y esa intensa fotografía pastel que parece coloreada con un lapicero de colegio. Una estética que proclama la victoria del artificio de inspiración pictórica, con referentes europeos como Federico Fellini o Peter Greenaway.
“La trama fenicia”: argumento y estética
En el cine de Wes Anderson la forma se convierte en el mensaje. La narración queda subordinada a la estética. De hecho el director parece empeñado en sacar al espectador del argumento para ubicarlo continuamente en lo visual. En «La trama fenicia» el director presenta un nuevo cuento delirante. Los problemas financieros de un gran magnate sirven de excusa para lo que realmente importa, es decir: el absurdo accidental, la verborrea sarcástica y los meandros de una rocambolesca travesía fundada en la contingencia del devenir.
El desgaste de un director con seguidores fieles
A pesar de tener un público fiel las últimas películas de Anderson no están funcionando. Incluso los incondicionales del director dan señales de agotamiento. Van por buen camino. Ahora solo falta que dejen de decir palabras en francés, dejen de comprar vinilos y dejen de alucinar pepinillos con el mundo del arte.











