Ya están aquí los Goya del año pasado

Ya están aquí los Goya del año pasado

La repentina ofensiva militar contra Irán ha cogido a la gente por sorpresa. Es lo que tienen las operaciones militares repentinas, que son muy repentinas. Se conoce que el conflicto ha llegado en mal momento. Todo el mundo tenía algo mejor que hacer. A los españoles nos ha pillado cogiendo aviones de camino hacia algún país exótico, para hacer cosas importantes como comprar un suvenir de Buda en Tailandia o contemplar una puesta de sol en Dubái. Por encima del terror, por encima del miedo a morir bajo la explosión de un misil, los ciudadanos del primer mundo no pueden concebir que una guerra les fastidie las vacaciones.

Hacía meses que Donald Trump amenazaba con una intervención militar en Irán y también hacía meses que los portaaviones americanos se movían más que un mensajero de Glovo. Visto así la ofensiva militar contra Irán era lo más previsible del mundo. Digo yo que si alguien tiene planeado viajar a un lugar lejano sería aconsejable informarse un poco. Nos creemos más listos que Nostradamus a la hora de consultar el móvil para saber si mañana lloverá, pero la política internacional nos importa un rábano. Viajamos a países remotos con la tranquilidad de quien baja al Eroski a comprar pan. Nuestra previsión de futuro empieza y acaba en la aplicación meteorológica de Google pero nos la suda si Nigeria está sumida en una guerra civil.

Unas horas después del ataque a Irán Donald Trump compareció ante los medios de comunicación. Advirtió con dureza a la población de Oriente Medio que no saliera a la calle. Recomendó a la gente quedarse en sus casas porque literalmente “estaban cayendo bombas por todas partes”. Lo de refugiarse con urgencia le debió parecer buena idea a nuestro presidente Pedro Sánchez, que se metió a toda prisa en los Goya. A falta de bunkers los Goya parecían un lugar seguro. Siguiendo la táctica del avestruz Pedro Sánchez debió pensar: mientras tenga la cabeza metida en los Goya todo va bien. Y efectivamente así fue, la fiesta del cine español salió de maravilla. Mientras en Irán llovían misiles en nuestro país los Goya se convirtieron en un metaverso paralelo fuera de la realidad. La habitación del pánico del progresismo artístico y cultural.

En los Goya nadie habló del bombardeo contra Irán. Estaba ocurriendo. Era tan reciente que probablemente algunos invitados ni se habían enterado. En los Goya se habló de lo que se tiene que hablar en los Goya. Los asistentes dijeron frases del país de los unicornios y se aplaudieron entre ellos. Carlos del Amor, locutor de la Gala para RTVE, celebró el Goya a la película argentina “Belén”. Un premio que el periodista calificó de necesario, ahora que Argentina estaba asfixiada por un presidente fanático con una motosierra. Todos los asistentes a los Goya tenían algo importante que decir. Algo importante no para hablar de cine sino para hacer política. Los ganadores dijeron cosas bonitas sobre las mujeres. Cosas feministas. Un asunto que, como siempre, quedó muy claro. Alauda Ruíz de Azúa ganó como directora por “Los domingos”. La directora subió al escenario, recogió el Goya y recordó a los asistentes que pocas mujeres habían ganado ese premio. Instantes después “Los domingos” volvía a ganar como mejor película y sus productores subían de nuevo al escenario. Ante el micrófono volvieron a repetir lo mismo, es decir: que pocas mujeres habían ganado ese premio. En menos de cinco minutos dijeron lo mismo dos veces. Un bucle innecesario, más propio de un robot que de un ser humano. Aquella reivindicación obsesiva parecía un fallo informático. Un error de programación en matrix.

Los Goya de 2026 pasarán a la historia como los Goya de la paradoja temporal. Los Goya del desfase horario. La información sobre el ataque a Irán llegó demasiado tarde o los Goya demasiado pronto. Hubo una avería en los tiempos. La gala se celebró totalmente ajena al conflicto. Si los Goya se hubieran celebrado un día después todo hubiera sido distinto. La distancia entre los Goya y la actualidad rozó la ciencia ficción. Al mismo tiempo que Estados Unidos bombardeaba Irán en los Goya se pronunciaban a favor de Palestina. Una reclamación que tenía algo de “deja vu”. Pañuelos palestinos. Chapas en las solapas. Viva Gaza. Había en todo aquello una sensación de estar en los Goya del año pasado. Los Goya iban con retraso. La realidad se había adelantado. Irán era el futuro en unos premios atrapados en el día de la marmota. El maestro Gonzalo Suárez recogió su Goya honorífico y defendió el cine como un motivo “para seguir soñando”. Todos aplaudieron su discurso, felices de estar precisamente allí, disfrutando por unas horas de ese sueño woke en el único lugar de España donde no se hablaba de Irán.

Perico Gual

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