Barbie cadáver: manual feminista, otra vez

Barbie cadáver: manual feminista, otra vez

Si “Pobres criaturas” les ha parecido rara, prueben a ver películas anteriores de su director. El director griego Yorgos Lanthimos empezó haciendo películas bastante raritas. Se dio a conocer con “Canino” una historia turbia sobre un matrimonio que sometía a sus hijos a una violenta disciplina. Luego llegaron “Alps” y “Langosta”, de nuevo películas rarísimas pero aplaudidas por la crítica y mimadas en los grandes festivales europeos.

Pero lo más interesante de Lanthimos no son sus rarezas, de las que el cine actual anda sobrado, sino la forma en que su estilo ha evolucionado desde una oscura perversión a una aburrida extravagancia. Una deriva hacia lo políticamente correcto que tiene en el feminismo su principal causa. Si usted quiere prosperar, si usted quiere llamar a las puertas de Hollywood diga la palabra mágica. Diga feminismo.

El punto de inflexión llegó con “La favorita”. Hasta entonces el director se había movido en un cine europeo para minorías, pero “La favorita” era una película de época, de corte clásico y sobre todo feminista. Hollywood y el poderoso imperio del “Me too” no tuvieron más remedio que postrarse a los pies de una película que hablaba de reinas díscolas de sexualidad no normativa. La actriz Olivia Coldman ganó un Oscar. Lanthimos ascendía como un cohete al olimpo de las grandes audiencias. Para conquistar la taquilla había recurrido a uno de los sortilegios más embaucadores de nuestra época: el feminismo.

“Pobres criaturas” también llega enarbolando la bandera del feminismo. La actriz Emma Stone interpreta a Bella Baxter, una joven que tras morir ahogada es revivida por un siniestro doctor. Bajo su tutela Bella va creciendo a medida que su mente atrofiada va asimilando con apetito curioso el comportamiento humano.

Pero esta nueva adaptación del mito de Frankenstein tiene muchas trampas. “Pobres criaturas” es, de nuevo, una excusa para el manifiesto feminista. Un discurso sobre la mujer fuerte, independiente y liberada. De lo que no ha logrado liberarse este modelo de mujer es de la belleza. La protagonista es el primer Frankenstein sin cicatrices. Una criatura de rostro perfecto y sexualmente atractiva. Porque el asunto va de sexo y una mujer fea no es buen reclamo. Bella descubre pronto que meterse frutas y verduras en la vagina proporciona placer.

A razón de esta lógica también descubre, en un burdel parisino, que la prostitución es una magnífica forma de ganar dinero y “buenas fornicaciones” (según sus propias palabras). Al parecer la clave del triunfo femenino es mantener una práctica sexual promiscua, diversa y continuada. Algo así como una dieta mediterránea del coito. Tal vez Bella aprende álgebra, filosofía o los ríos de Europa, pero todo eso queda fuera de la vista del espectador. La película se centra en el sexo como valor indispensable del empoderamiento.

Lo peor de “Pobres criaturas” no es su histérica exaltación sexual (más antigua que el hilo negro) sino la falta de empatía de su protagonista. Bella es un ser profundamente antipático. No hay en ella ni un ápice de amor ni cariño. Bella observa el mundo como un robot y almacena datos pero no quiere a nadie. La gran novedad de “Pobres criaturas” no es su sexualidad hipertrofiada sino la proclamación de un mundo gobernado por el capricho individual. Un mundo egoísta que se mueve por el placer inmediato propio de un bebé. Un lugar donde podemos masturbarnos en púbico, vomitar en público y tratar con desprecio al prójimo. Un mundo sin pudor ni intimidad. Sin respeto ni educación. Bella es guapa pero sigue siendo un monstruo por dentro. Si Bella es el ejemplo a seguir entonces estamos glorificando la falta de humanidad. Porque follar sabe hasta el más tonto.

Perico Gual

Perico Gual

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