CUINES MON

Bola oscura, piedra negra

Bola oscura, piedra negra.

Estoy acostumbrado a escribir sobre teatro. A entrar en una sala, sentarme a oscuras y esperar a que un cuerpo aparezca en escena para empezar a entender qué quiere contarnos. Quizá por eso no sé muy bien cómo me he metido en este embolado.

En el cine el cuerpo ya no está delante de nosotros: se nos ofrece atrapado en un rectángulo de luz promisoria. La mirada del espectador no decide dónde mirar porque alguien—zahorí iniciático quizás— ya lo ha decidido antes por nosotros. Se me ocurre ahora que el primer plano hace lo que en el teatro tal vez haría un silencio. Pero eso no lo sé a ciencia cierta. Tal vez la tremenda conmoción tras el golpe certero de la bola me pueda hacer caer en afirmaciones vacuas. He de asumir ese riesgo. De todas maneras, cierto es que viendo La bola negra he tenido todo el tiempo la sensación de estar sentado en una sala de teatro. ¿Le habrá pasado eso a más gente? La respiración de los personajes me hendía la piel. Ha sido un auténtico milagro. Un aliento arcano dotado de presencia telúrica y teatral se escucha en los cuerpos de los personajes, en sus silencios, en aquello que no dicen, en lo que todavía no saben decir pero proclaman con el brillo de los ojos.  Una miríada de voces llegan desde otros tiempos para alumbrar silencios contemporáneos.  Se escucha una conversación descarnada y necesaria —ay Miguel Bernardeau, , ay Guitarricadelafuente—  que el cine establece entre quienes estuvieron antes en el filo de alguna cuneta y quienes ahora—quizás más que nunca—necesitamos memoria.

Porque La bola negra habla de la memoria histórica pública y privada. Ya en La piedra oscura —obra de Alberto Conejero que se convierte en el cabo maestro de esta trenza sublime de tramas— se entiende que la memoria íntima también es política, porque la necesidad de permanecer la coloca irremisiblemente en el horizonte de expectativas de una colectividad que anhela ponerle nombres propios al deseo. Y ese nombre propio que los Javis han puesto al deseo es Rafael Rodríguez Rapún, cuyo rostro ya para siempre quedará vinculado a la luz carismática de un iracundo, tierno y colosal —mira que es difícil esta combinación de adjetivos— Miguel Bernardeau.  

Y no es la única interpretación carismática de la película. Si yo fuera jurado de los Goya / Óscar le daría un premio a todo el elenco. Bueno…a todo el elenco… y a Penélope Cruz…  Porque la creación que Penélope hace del personaje de Nené Romero deviene en lumbre vívida, en fanal radiante que que nos calienta y que nos salva de la presencia amenazadora de la nieve,  provocando su secuencia un temblor que quedará guardado para siempre —como el tesoro que es— en la antología de momentos estelares de la historia del cine.

Pero volvamos a Rafael

Sobre la relación de Lorca con Rapún —tema central de la película— quedan todavía muchos enigmas por resolver. Me gustaría detenerme unas líneas en ella. Al parecer, fue una relación convulsa en la que no faltaron los momentos de tensión.  Los testimonios de la época  hablan de una relación apasionada. Un reportaje escrito por Cipriano Rivas Cherif en 1957 fue el primer documento en el que se testimoniaba públicamente la relación entre Lorca y Rapún. En él se relataba una conversación mantenida entre Lorca y Margarita Xirgu en Barcelona, donde ambos se encontraban para el estreno de Doña Rosita la soltera. Corría allá por el año 1935. Al parecer, Lorca estaba desesperado por una infidelidad de Rapún con una mujer, y mostró al director un hatillo de cartas del joven  que daban fe de la relación entre ambos. 

Después fue María Teresa León quien, en 1970, se encargó de consignar lo sucedido con Rodríguez Rapún tras la atroz noticia del asesinato del poeta en Granada. Escribe en Memoria de la melancolía: “Nadie como este muchacho silencioso debió morir por aquella muerte. Terminadas las noches, los días, las horas. Mejor morirse. Y Rapún se marchó a morir al frente del Norte. Estoy segura de que después de disparar su fusil rabiosamente se dejó matar. Fue su manera de recuperar a Federico.”

Cipriano Rivas Cherif, detenido en Francia por los nazis, oyó un relato parecido cuando salió del penal de El Dueso en 1945. Al parecer, Lorca no embarcó hacia México en 1936 con Margarita Xirgu en espera de que pudiera hacerlo con él Rapún, que se encontraba en el norte del país tras haber terminado sus exámenes de Ingeniero de Minas. La relación era visible. Aún así, era difícil hablar abiertamente de homosexualidad. Todos los testimonios de los amigos de la época escamotean el término “homosexual” o “bisexual” para referirse a Rapún.  Como muestra, sirva este testimonio de Modesto Higueras recogido por Ian Gibson.

“Según su íntimo amigo y compañero en La Barraca, Modesto Higueras, Rapún no era gay, pero “estaba cogido en esa red, cogido no, inmerso en Federico. Después se quería escapar, pero no podía”. El esperado encuentro y reconciliación nunca llegó a producirse. Rapún vivió lo poco que le quedaba de vida con ese remordimiento”.

Para Conejero, la relación que unía a los  dos amigos está lejos de los estereotipos que se nos quieren hacer ver, desde visiones poco cualificadas que dibujan la opción sexual como una anatema ignominioso: “Hay que ir más allá de la manida estampa de un Lorca lloroso por los desplantes de Rapún. Reducir una relación tan intensa y compleja a este retrato es faltar a la verdad. Porque también fueron el uno para el otro compañeros de caminos teatrales y literarios”.

Qué difícil es a veces dotar de nombres naturales a la historia; los Javis, que lo saben, nos ponen nombres a los maricones para hacernos existir a todos en la imposibilidad de la nieve. Rafael y Federico. Sebastián y Rafael. El círculo se cerró. La cicatriz ahora es memoria y no estigma. Porque solo lo que se nombre existe: maricones. 

Sin lugar a dudas, los Javis han interpretado con extrema sensibilidad la dramaturgia de Conejero

Concluyo diciendo que mi acercamiento a esta película queda inevitablemente atravesado —como ya se habrá notado a estas alturas— por La piedra oscura de Alberto Conejero y por la investigación que hace algunos años dediqué a aquella pieza. Entonces me interesaba comprender cómo una dramaturgia podía construir un puente entre documento y ficción, entre Historia e historias, entre la memoria pública de la Guerra Civil y la memoria privada de quienes padecieron aquella violencia. Ahora sé que las sombras de Rafael Rodríguez Rapún pueden proyectarse sobre el patio de butacas del cine Carretas y hacer que la nieve se derrita a nuestros pies gracias a este prodigio de película que los Javis han desenterrado del imaginario común para que ya nadie puede pasar de valde por la historia, para que nunca más nadie sienta el frío escarchador del olvido. 

Porque La bola negra demuestra que el arte puede convertirse—sin levantar el dedo índice, sin angustiarnos con moralinas inanes—en espacio de justicia.

Antonio Miguel Morales

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