Fuita i martiri de Sant Andreu Milà, una reflexión sobre la culpa

Fuita i martiri de Sant Andreu Milà, una reflexión sobre la culpa

Que Fuita i martiri de Sant Andreu Milà llegue hoy a escena no es un gesto aislado, sino un logro del proyecto Literactua, una iniciativa de Produccions de Ferro y Mallorca Literaria que apuesta por activar el patrimonio literario desde la escena contemporánea. No se trata solo de recuperar textos, sino de vivenciarlos desde el presente, de comprobar qué asuntos quedan aún latiendo en ellos y propician el vínculo con nuestra realidad más inmediata. En ese marco, la obra de Miquel Àngel Riera se nos muestra como un material profundamente disponible y óptimo para ser atravesado por nuevas miradas.

Fuita i martiri…, escrita cuando Riera daba el salto de la poesía a la narrativa, entra al escenario sin concesiones, haciendo que el público habite un paraje incómodo—los restos de un naufragio, podríamos decir— para hablarnos de la culpa, de la memoria de los otros, de la imposibilidad—qué reflexión tan necesaria— de salvarse en solitario.

La dramaturgia de Marta Barceló es un prodigio. Su trabajo no consiste solo en adaptar el texto, sino también en encontrarle una respiración escénica propia. Barceló destila el material original con oficio, respetando su densidad poética y trasladándola a una estructura fragmentada que avanza haciendo que cada revelación se convierta en impulso que favorece la acción dramática. La alternancia de voces y tiempos no confunde en ningún momento—cuando era fácil que esto sucediera—, sino que visibiliza claramente el conflicto moral que atraviesa la obra: la culpa asumida como gesto de convivencia, la memoria como espacio ético, la imposibilidad—como ya hemos dicho— de una salvación individual.

Sobre ese armazón dramatúrgico se apoya la dirección de Catalina Florit, que entiende el fragmentarismo como un aliado y no como un problema a resolver. Florit acomoda la escritura a la escena sin amansarla, dejando que las fisuras, las superposiciones y la agonía de los personajes marquen—con su tc-tac incómodo— el ritmo del espectáculo. La narración se quiebra, se repliega, avanza a trompicones, obligando al espectador a reconstruir del puzle de una manera activa. No hay voluntad de ordenar el caos, sino de habitarlo, y esa elección nos sitúa como espectadoresen un estado de tensión constante.

El desgaste ético se vuelve físico en la interpretación de Rebeca del Fresno. Su trabajo se levanta desde una intensidad sin concesiones, hasta el punto de resultar asfixiante. Hubo momentos en los que llegué a sentirme agobiado por la agonía del personaje, por ese cuerpo atrapado en un presente sin salida. No es una incomodidad gratuita, sino el efecto de una entrega total que convierte el dolor en materia escénica.

Junto a ella, Miquel Aguiló y Albert Mèlich construyen una terna muy bien avenida, y el conjunto aporta contención y equilibrio, sosteniendo la escena desde registros profundamente precisos. Entre los tres se genera una tensión constante que mantiene la obra en un estado de fragilidad permanente, perfectamente afinado.

La escenografía de Joan Miquel Artigues refuerza desde el inicio esa sensación de mundo ya dañado. El espacio aparece ocupado por los restos de un accidente de tráfico: fragmentos desplazados, materiales rotos, ruedas, huellas de un impacto que lo condiciona todo. No es un decorado ilustrativo, sino un paisaje moral, un territorio suspendido entre la caída y la conciencia. Un acantilado de cuyo vacío ya nadie nos podrá salvar.

A este dispositivo contribuyen de forma decisiva la iluminación y el espacio sonoro de Juanro Campos, especialmente efectivos en la creación de una atmósfera opresiva. La luz no acompaña la acción: la tensa, la corta, la deja en suspenso. Algunas veces, son los personajes los que nos muestran con un foco portátil el recorte de la escena que más les interesa, y este recurso subjetivo nos hace cómplices como espectadores. Por otro lado,  el sonido actúa como una extensión del estado interior de los personajes, subrayando el desasosiego sin imponerse, ampliando el espacio emocional de la escena.

Salí del teatro con una sensación incómoda, casi física, como si la obra no hubiera terminado del todo. No me llevé respuestas ni alivio, sino  una especie de resaca moral difícil de sacudir. Y entendí que ahí estaba el mayor acierto del montaje: en no permitirme escapar.

Esta Fuita i martiri de Sant Andreu Milà no pretende ser amable ni cerrar el sentido con un gesto tranquilizador. Obliga a sostener la mirada, a aceptar que hay decisiones que no se toman para salvarse, sino para que otros no se hundan. Cuando se apagan las luces, lo que queda no es esperanza, sino conciencia. Se me queda clavada en la mirada la necesidad de salvaguardar la memoria íntima de las personas Y quizá hoy, en un teatro, no haya un legado más incómodo —ni más necesario— que ese: visibilizar la urgencia y la necesidad de la memoria.

Antonio Miguel Morales

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