La prosa después de Auschwitz

La prosa después de Auschwitz

Antes de hablar de la película “La zona de interés” vaya por delante una reflexión moral. El Holocausto, es decir, el exterminio de más de 6 millones de personas inocentes por parte del régimen nazi sigue siendo, a día de hoy, uno de los espacios más atroces de la historia de la humanidad. Una matanza industrial perfectamente organizada en mataderos para seres humanos.

El campo de exterminio de Auschwitz logró eliminar, en tiempo récord, a más de un millón de personas, sobre todo judíos húngaros, pero también gitanos, eslavos y negros. El Obersturmbannführer (teniente coronel) Rudolph Hoss, responsable de Auschwitz de 1940 a 1944, puso todos sus esfuerzos en mejorar los mecanismos para eliminar con la máxima rapidez al mayor número de personas. Para ello Hoss propuso nuevos métodos de exterminio, como el uso del gas Ziklon B, letal a los pocos segundos de inhalarse y también modernos sistemas para la incineración masiva de cadáveres. Con todos estos avances lograron aniquilar a más de 10 mil seres humanos al día. Rudolph Hoss fue condenado a la pena capital en 1947. Murió colgado de una soga en el mismo suelo de Auschwitz donde causó tanto dolor. Pero Hoss nunca mostró arrepentimiento. Insistió con orgullo que había cumplido órdenes con la lealtad propia de su cargo.

Hay algo muy contradictorio en el nazismo. Su oscura mecánica de muerte pretendía construir una sociedad luminosa. Los nazis no eran bárbaros, más bien al contrario defendían la ciencia y la razón. Resulta incomprensible que el mayor genocidio de la historia se perpetrara desde el imperativo de la civilización. Por eso muchos pensadores siguen buscando una respuesta a semejante aberración. El filósofo Theodor Adorno y la escuela de Fráncfort investigaron a fondo las causas del Holocausto. La herida fue tan profunda que algunas corrientes sionistas consideran, todavía hoy, que no se puede hablar del Holocausto. Porque intentar explicar semejante atrocidad es imposible. Un sufrimiento de tal magnitud que ninguna palabra, ninguna fotografía, ninguna película le hace justicia. Fue Adorno quien concluyó que después de Auschwitz la poesía era imposible.

La película “La zona de interés”, basada en la novela de Martin Amis, narra el día a día de Rudolph Hoos durante su jefatura en Auschwitz. Pero la película no muestra el Holocausto sino la vida de la familia Hoos en la villa que ocupaban a escasos metros del campo. El director Jonathan Glazer cancela la representación del Holocausto al tiempo que dirige la mirada del espectador hacia lo anodino. La cámara de Glazer sigue los movimientos de la familia Hoss dentro de la casa. Vemos a la familia reunida para desayunar, a los niños jugar en su habitación o al matrimonio paseando entre los rosales del jardín. La vida es perfecta en el lado bueno del muro.

La pantalla queda dominada por la banalidad doméstica y el horror queda en el fuera de campo. En la película no aparece ningún nazi malvado ejecutando reclusos, ni judíos esqueléticos hacinados en sus barracones. “La zona de interés” evita el emocionalismo exagerado de las películas sobre campos de concentración, pero provoca un malestar aséptico. No podemos ver el Holocausto pero podemos sentir su presencia al igual que escuchamos el susurro siniestro de la valla electrificada. En algunas escenas las chimeneas de los crematorios asoman al fondo del plano. También los gritos de los reclusos rebasan los muros.

El debate moral ya no apunta al Holocausto sino a su forma de representarlo. El acierto de Jonathan Glazer es contar las cosas sin contarlas. El Holocausto cobra más fuerza precisamente porque no se ve. Una ausencia que instala la culpa en la conciencia del espectador. Todos sabemos lo que ocurre al otro lado del muro, pero como estamos en el lado bueno miramos para otro lado. A la familia Hoss le ocurría lo mismo

Perico Gual

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