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Thelma y Louise nos tomaron el pelo, pero todos aplaudimos

Thelma y Louise nos tomaron el pelo, pero todos aplaudimos

¿Cuándo empezaron las cositas woke en el cine moderno? Los cambios culturales llegan poco a poco, amparados por el paradigma del progreso. Llegan sin hacer ruido, como esos lunares de la piel que van apareciendo con la edad. Pongamos atención al año 1991, el año de «Thelma y Louise». Tal vez la primera película de la historia que convirtió la estupidez en una victoria. Es algo habitual que en cualquier película (prácticamente en todas) detectemos alguna tontería, algún detalle que se resiste a ser verosímil, pero el caso de «Thelma y Louise» fue inédito. Era la primera vez que una tontería colosal se imponía como una idea brillante.
 
 Me estoy refiriendo a la muerte voluntaria de las dos protagonistas. La película terminaba con Thelma y Louise conduciendo a toda velocidad hacia un barranco y su coche cayendo al vacío. Aquella decisión fatal se entendió como un grito de libertad. La máxima expresión de dos mujeres que elegían conducir sus vidas hasta las últimas consecuencias. El público quedó fascinado. Todos nos pusimos de parte de esas dos mujeres. Nos convencimos de que habían tomado la decisión correcta. Pero había algo raro en ese final. Algo no encajaba. Si pensamos un poquito nos damos cuenta de que ese final era rematadamente idiota.

¿Por qué quieren morir Thelma y Louise? No tiene sentido. Recapitulemos: ambas han logrado escapar de sus perversos maridos. Han logrado su libertad. Han conquistado su independencia. Por primera vez son felices. Se pasan la película riendo. Aquella aventura de carretera es para ellas una suerte de renacimiento. El horizonte se abre a un futuro de esperanza. Y de pronto eligen la muerte.
 
 Los suicidios épicos son un recurso dramático que siempre queda bonito. Pero un desenlace tan radical necesita apoyarse en la lógica. Por ejemplo en «Dos hombres y un destino» los protagonistas se enfrentan a una muerte segura, pero lo hacen luchando. Liándose a tiros contra todo un regimiento de soldados bolivianos. No tienen otra alternativa. Alguien puede objetar que hubieran podido rendirse y salvar la vida, pero probablemente los hubieran ejecutado. Sundance y Butch eligen luchar. Tiene sentido.
 
 Otro buen ejemplo de suicidio heroico es «Grupo salvaje». La banda de forajidos vuelve sobre sus pasos para rescatar a un compañero, prisionero del ejercito mexicano. Hubieran podido abandonarlo a su suerte, pero ayudar a un camarada en apuros está por delante de todo. Fidelidad antes que deshonor. Aquel rescate implica una muerte casi segura, pero le echan arrojo. Tiene sentido.
 
 Lo poético de estas dos películas es que sus protagonistas mueren, pero no quieren morir. Su deseo es vivir. Lo que eligen es luchar, dejando sus vidas en manos del azar,  aunque saben que la muerte acecha como una certeza. Su grandeza es una apuesta por la lucha al precio que sea. Con dos cojones. Quien sabe, a lo mejor Sundance y Butch se salvaron. No lo sabremos nunca.
 
 Los dos ejemplos anteriores transmiten una fuerza vitalista porque el objetivo no era la muerte sino una suerte de salvación desesperada. En cambio Thelma y Louise quieren morir. Lo tienen claro. No quieren luchar sino morir, o dicho de otra forma: su lucha es morir, porque no hay nada que salvar. Además no es una muerte noble. Hay mucho resentimiento en ella. Su muerte es el último reproche contra el patriarcado. Mueren para fastidiarnos, para hacernos sentir culpables. Todos pensábamos que estaban contentas, que habían dejado atrás sus penas pero era falso. Bajo aquella coraza de empoderamiento estaban tristes y no lo sabíamos. Nos enteramos al final. Visto así parece una traición a todos los espectadores que simpatizaban con su causa. Su inmolación sin sentido tiene poca gloria y mucho desequilibrio mental. Dos mujeres al borde de un ataque de nervios. La moraleja de «Thelma y Louise» es una despreocupada celebración del suicidio como instrumento de venganza. En ese final hay mucho de todo lo malo de nuestro tiempo: mucho egoísmo y mucho victimismo. Un mensaje nefasto para la salud mental que rechaza cualquier posibilidad de resiliencia. Si esto es feminismo, entonces es más siniestro que las hijas de Zapatero.

Perico Gual

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Editor: Tino Martínez

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