Algunas veces el teatro genera anécdotas que bien podrían convertirse en la premisa de una disparatada comedia de situación. Imaginen una obra que comienza cuando un crítico teatral, de incógnito entre el público, es elegido por los actores —ellos, por supuesto, desconocen la identidad del crítico, ¡oh, azar!— para que ejerza de improvisado oráculo en la representación que están ejecutando. Pues bien, eso es lo que sucedió ayer. El improvisado oráculo del que hablo fui yo. Y me divertí de lo lindo sobre el escenario, pensando en estas primeras líneas que hoy estás leyendo.
Hay algo profundamente teatral en ese azar que convierte al espectador en protagonista y que, por unos instantes, desdibuja las fronteras entre la ficción y la realidad. Quizá sea también una de las virtudes del juego escénico: recordarnos que el teatro sucede siempre en presente, que cada representación es un acontecimiento irrepetible y que, algunas veces, la realidad se empeña en escribir sus propias acotaciones.
Se me ocurre que hay ruinas que sobreviven a los imperios, pero también que hay edificios que nacen condenados a convertirse en ruinas. Entre los primeros y los segundos se mueve gran parte de nuestra historia, esa perseverante sucesión de ambiciones humanas que cambia los nombres de los poderosos, tunea las fachadas sin decoro y mantiene intacta la vocación de aquellos que pretenden levantar su propio imperio sobre los escombros del anterior.
De eso nos habla Un tal Cèsar, el último espectáculo de Cascai Teatre, con una propuesta en la que la Antigüedad romana se convierte en azogue, no precisamente complaciente, de nuestras contradicciones contemporáneas.
La premisa tiene algo de fábula y bastante de retrato de una sociedad que ha terminado por confundir el progreso con la construcción y la prosperidad con la especulación: un arqueólogo y un operario de obras se enfrentan ante unas ruinas históricas amenazadas por la construcción de un complejo turístico. Dos maneras de mirar el mundo y de relacionarse con aquello que hemos heredado. Para uno, las piedras contienen el sustrato de la memoria; para el otro, probablemente, conforman tan solo un inconveniente en la proyección de su obstinada megalomanía urbanística.
La confrontación adquiere una inquietante familiaridad en una isla como Mallorca, donde el territorio se ha convertido tantas veces en moneda de cambio y donde la identidad parece negociar permanentemente su supervivencia frente a los intereses económicos. Las ruinas romanas podrían encontrarse debajo de nuestra cama.
Marcel Tomàs, responsable de la dramaturgia y la dirección, propone un viaje que utiliza la historia como territorio de juego. Por el escenario desfilan Julio César, Cleopatra, Marco Antonio, Séneca y Cicerón, junto a un inesperado Astérix. La cultura clásica abandona la solemnidad de los manuales para entrar en los dominios de la caricatura, de la parodia y del disparate.
Se me ocurre, no sé si con razón, que hay, inevitablemente, un eco de La vida de Brian en esta operación desmitificadora de la historia. Aquella irreverente película de los Monty Python convirtió a la Judea ocupada por Roma en un formidable escenario para ridiculizar los dogmas, las imposturas políticas y la facilidad con que las sociedades fabrican—inocuamente— sus propios mesías. También aquí la historia pierde su condición de relato intocable para convertirse en una ceremonia del absurdo: reírse de los emperadores, de los héroes y de quienes aspiran a serlo no es más, en el fondo, que una manera de cuestionar la perentoria necesidad de obedecerlos.
La tradición bufonesca ha entendido desde antiguo que la risa posee una capacidad extraordinaria para invertir el orden establecido. Allí donde el poder exige solemnidad, el bufón introduce la irreverencia; allí donde la autoridad reclama obediencia, la parodia abre una grieta de dientes en carcajada disonante. Durante ese breve intervalo, los que ocupan los turbios pedestales del privilegio descienden a la quebradiza altura de los mortales.
Hay en el universo de Cascai Teatre una concepción del humor que conviene subrayar. El clown y el bufón son mucho más que disciplinas interpretativas. Constituyen una manera de mirar irreverente. El personaje cómico habita ese territorio fronterizo entre la torpeza y la lucidez, entre el fracaso y la obstinación: una suerte de antihéroe que parece condenado a tropezar con los obstáculos de la existencia, pero que no está dispuesto a aceptar su condición de perdedor. Quizá en esa resistencia resida, precisamente, su bufonesca humanidad.
Ya los antiguos encontraron en la risa una medicina compensatoria frente a los padecimientos de la existencia. Reírse no significa necesariamente restar importancia a aquello que nos duele, sino encontrar una distancia desde la que asomarse al abismo de su contemplación. El humor no tiene por qué levantarse como una escapatoria ni como un burladero desde el que esquivar la realidad. Puede ser, por el contrario, una forma de adentrarse en ella, de fisgonearla para descubrir los restos de la hoguera, esas cenizas que una representación demasiado fiel no siempre consigue revelarnos. Es algo así como si necesitáramos que el espejo se curvara ligeramente para reconocer mejor las pendientes de nuestro propio rostro.
Marcel Tomàs y Toni Escribano sostienen esta propuesta interpretativa, que encuentra en el clown, la comedia física, el teatro de objetos y la improvisación sus principales mecanismos expresivos. La transformación escénica convierte el cuerpo del actor en territorio, máscara y campo de batalla. Y es precisamente en la complicidad entre intérpretes y espectadores donde el espectáculo encuentra uno de sus territorios más fértiles. La improvisación, como pude comprobar personalmente, tiene algo de celebración colectiva: nadie conoce exactamente el desenlace y todos contribuyen, de alguna manera, a que todo suceda, inevitablemente, según los dictados del oráculo.
Quizá la pregunta que sobrevuele esta propuesta sea precisamente qué hacemos con nuestro pasado cuando está a punto de convertirse en moneda de cambio: la cuestión no es baladí en una época en la que la memoria parece necesitar constantemente una licencia de obra para poder permanecer en pie. Tal vez por eso convenga escuchar lo que tienen que decirnos estos dos hombres asomados al conflicto de unas desoladas ruinas: mientras uno pretende salvarlas el otro tiene prisa por especular con ellas. Entre ambos se juega algo más que el destino de un yacimiento arqueológico: se juega nuestra relación con el tiempo, con la identidad y con la posibilidad de que el futuro no tenga que edificarse necesariamente sobre la destrucción de todo aquello que nos precedió.
Eso sí, mientras Roma arde, nos echamos unas risas.
A propósito de Un tal Cèsar, de Cascai Teatre
Teatre del Mar, Palma














